Ser contingentes
Jueves, Octubre 18th, 2007Uno está cada día más convencido de lo contingente de todo lo humano, de que la distancia entre lo que es y lo que pudo ser es minúscula, inexistente entre lo que ya fue y lo que pudo ser. Uno tampoco sabe muy bien qué otras conclusiones puede extraer de ese convencimiento: la futilidad de todas nuestras acciones y pensamientos, el carácter perecedero e insustancial de todo estado o intento de transformación… la inconsistencia de la realidad. Somos y son las cosas pero podríamos no haber sido, o ser de un modo distinto, opuesto a veces. En todo esto han dado en parar dos menciones escuchadas en el mismo día de la Hispanidad sobre la República. La primera aparece en la prensa del día siguiente y son las declaraciones de una ciudadana anónima, espectadora de las celebraciones del día de la Patria, que afirmaba que Zapatero nos está llevando a la tercera República. La segunda la recojo de un chascarrillo escuchado en casa: en un concurso televisivo, de ésos en los que los conocidos se empecinan en hacer entender a nuestros jóvenes que para triunfar en la vida no es preciso estudiar, una famosa respondió a la pregunta de quién reinaba en España durante la segunda República con uno de los Alfonsos de Borbón. En el espacio trascurrido entre calificar la respuesta como incorrecta y dar en su lugar la válida, a la famosa le dio tiempo de lamentarse de su tontuna, es de suponer que poco, y afirmar que no hubo nunca segunda República. 
Para unos vamos de camino a algo que para otros, matemáticamente, no puede darse. Y entre todos hacen mayoría en este país. También es cierto que si el Presidente del Gobierno de nuestra monarquía parlamentaria es republicano, al menos mientras lo siga siendo, entonces la visión superpuesta de la señora alarmada de Madrid y de la guía televisiva educacional del concurso se debe aproximar bastante a lo que es España.
Aunque podría haber sido de millones de formas distintas. Si la segunda República hubiera perdurado en el tiempo, sin alzamiento o habiendo ganado la guerra, posiblemente España se hubiera convertido en un país satélite de la Unión Soviética. El Pilar se hubiera convertido en una casa del pueblo y, sobre los mantos de la Virgen, hubieran jugado durante decenios los abuelos a la baraja. A finales de los setenta, hubieran nombrado a un Papa español, de Castellón, por ejemplo, y con el paso de los años nuestro país se habría convertido en un fortín católico, gobernado por dos Calvo-Sotelo o por dos Aznar. Gemelos, claro. Viki, el vikingo, hubiera sido retirado de la programación por dudosa conducta sexual, tanto hombre junto y tan contento en una barcaza.
Pero no es preciso que las formas posibles de las cosas que no fueron hayan de tener esta apariencia de cuento de terror. La segunda República pudo perdurar en el tiempo, sin alzamiento, sin guerra, haber crecido en cultura y libertad por la senda abierta, sorteando con inteligencia la convulsa situación europea, que tampoco hubo necesariamente que aparecer, y dejarnos al comienzo del siglo XXI más altos, más guapos, más listos. Más libres. Y con las ideas más claras. Al menos, si las cosas hubieren trascurrido de esa manera, fuéremos conscientes a ciencia cierta de vivir en la segunda República. Quién sabe si su Presidente, alguna vez, se hubiere atrevido a confesarse monárquico.
Excepto para utilizar tiempos verbales desusados y matar el tiempo, el juego ficcional de los sistemas de gobierno sirve para bien poco. La realidad es una de entre muchas posibles, pero es la única que es. Quizás no en la Historia pero en las experiencias individuales la vida sí se deja notar, sí duele y huele y mancha. Podemos ser conscientes de que podría haber sido de otro modo, pero cuando el dolor es, o la soledad, no le alivia su contingencia. Por mucho que en Ayna, el pueblo de Amanece que no es poco, se viviera tan bien, aunque todos fueran contingentes menos el alcalde, que era necesario.
Pablo Aina Maurel


