Gracias por todo
Domingo, Julio 22nd, 2007Esta bitácora ha tenido un paréntesis, cerrada por enfermedad.
Empecé a encontrarme mal en primavera, una primavera fría y lluviosa. Me faltaban las fuerzas, tenía algo de fiebre por las noches, al final del día estaba agotada y mis tripas andaban algo revueltas. La analítica dijo que era una anemia y como persistía, hubo que investigar qué la producía. Fueron semanas y semanas con días mejores y peores, débil, con molestias y perdiendo peso. Por fin en Junio lo supe: era una infección en la zona pélvica y era inevitable operar para eliminarla.
El diagnóstico me cayó mal, siempre me cuesta encarar los problemas de salud, los míos y los de quienes me son más cercanos. Aún no habían pasado dos años de una operación anterior y no aceptaba volver a pasar otra vez por aquello. Pero tuve que hacer lo que me decían: tomar antibióticos, las pruebas del preoperatorio, mientras me iba encontrando cada día peor, sin apetito, con el estómago revuelto y algo abatida de ánimo.
Una noche de viernes ya me puse muy mal. Por la mañana localizamos al cirujano, encontró los síntomas graves y me mandó ir al hospital para intervenir ya. Con el susto en el cuerpo pero también aliviada porque íbamos a solucionarlo, metí cuatro cosas en una bolsa y mi compañero y yo nos fuimos hacia el Clínico. Era mediodía y hacía calor. En Urgencias en cambio hacía fresco y el trámite fue rápido, en unos minutos una sonriente enfermera me acompañaba para que me reconociera la médico de guardia. Ella se acordaba de mí, había estado en mi operación anterior. Me prepararon y a media tarde me llevaron al quirófano.
Volví a recorrer pasillos en camilla, otra vez el frío y la gran luz de la sala de operaciones.
Se presentaban el anestesista, su enfermera, un ayudante, y yo sólo quería que me durmieran de una vez para dejar de tener miedo.
Cuando me desperté, varias horas después, vi a mi compañero que medio sonreía y sentí el trajín de acomodar la cama en la habitación. Al despertar un poco más me sentí dolorida y molesta, tenía una sonda en la nariz, un drenaje, la vía para el gotero en el cuello, y mucho calor.
Los días siguientes estuve en la cama inmovilizada y con pocas fuerzas. Agradecía las manos hábiles que cada mañana me aseaban y refrescaban. Lo peor eran las noches, me costaba dormir, me dolía la espalda. Pasaba muchos ratos mirando cómo caían las gotas de la bolsa de suero y cómo iba cambiando de color el trozo de cielo que veía por la ventana.
Iban viniendo a verme mi familia, amigos y compañeros de trabajo, caras sonrientes, voces conocidas, mensajes simpáticos en el móvil, palabras amables y de ánimo. Mi compañero, casi siempre a mi lado, pasando de la preocupación a la tranquilidad cuando empecé a mejorar poco a poco.
Un día pude ponerme en pie por fin, débil pero me mantuve. Miré por la ventana para ver algo más que el trozo de siempre. El domingo pensaba en lo que hace la gente en un día de fiesta en verano. Todas las posibilidades que se me ocurrían me parecían apetecibles: el desayuno sin prisas, un paseo, oír música, periódicos y revistas, una caña en el parque, un bocadillo por la tarde.
Cuando llegó el momento de volver a comer tuve miedo de retroceder, de estar otra vez inmovilizada con aparatos, a que hubiera una complicación, volver al quirófano y empezar otra vez.
Pero no ha sido así. Después de nueve días en el hospital me dieron de alta. Me emocioné al despedirme de enfermeras y auxiliares. Me habían ayudado mucho en los momentos malos. Al salir, agradecí el aire en la piel, incluso el calor. En el taxi de vuelta a casa enviaba mensajes: Me han dado el alta. Besos.