El existencialismo y el silencio
Jueves, Noviembre 4th, 2004Decían con razón los existencialistas que el gran problema del hombre es su absoluta libertad. Y su conciencia. Hay tantas cosas que merecen una reflexión y su intercambio que esa inabarcable cantidad de probabilidades conduce al vacío, a la nada, al silencio. Yves Montand tenía una voz y le sentaban tan bien los jerseys negros de cuello alto que transformaba este pesimismo en belleza. Para el resto de los mortales, esta sobredosis de libertad es un inefable síntoma de la muerte.
Aunque no faltan los motivos, perdón por la tristeza. Sólo ocurre que llevo más de un mes queriendo participar en esta bitácora alguna de las reflexiones que la realidad frenética propicia que he acabado convirtiendo mi ordenador en un pequeño cementerio de artículos truncos. Y está la iglesia últimamente tan envalentonada que asusta, de verdad, ir dejando por el camino motivos para que acusen a uno de abortista. Quise hablar de las Fiestas del Pilar, aunque sólo fuera por cumplir una vez con el propósito primero que me abrió las puertas de esta página, que no era otro que hablar de Zaragoza desde fuera de Zaragoza. El artículo comenzaba así:
Hacía seis años que no estaba en Zaragoza para fiestas del Pilar. El 12 de octubre de estos cinco años anteriores iba repitiendo una serie de pequeños ritos que la escapada de este año ha impedido que se vayan convirtiendo en mi propia tradición: compraba churros, sacaba la cafetera grande y me colocaba delante de la televisión sin voz a la espera de que conectaran con la ofrenda de flores del profesor Beltrán. Después me abría una o dos botellas de vino de la tierra que todavía guardaba del verano y zapeaba los telediarios a la búsqueda de alguna breve noticia sobre las fiestas. Esa noche el auricular del teléfono quemaba más de lo habitual, que no suele ser poco. Al día siguiente, lograba revivir la sensación que quizás más me acercaba a mi recuerdo de las fiestas y que se llama resaca.
Este año he podido regresar los tres primeros días de fiestas, trepidantes e intensísimos. Antes de convertirme en emigrante, no era raro el año en que me escapaba durante la semana de fiestas para ahorrarme la multitud y los conciertos de adolescentes. Este año me compré un cachirulo, para no perder mucho tiempo rebuscando en los cajones el que guardaba de mi infancia, y me lancé a los lugares en los que más cantidad de gente y en menos espacio se concentraba. En tres días he visto más fuegos artificiales que en toda mi vida. Me hice con un programa de fiestas y nos hicimos inseparables, doblado en ocho en el bolsillo trasero del pantalón.
Quise contar la acogedora vuelta a casa, lo hermosa que está la ciudad terrible y lo bien parada que sale de la comparación con otras ciudades mejor vendidas. Quise hablar de lo que no cambia: de Joaquín Carbonell buscándose la vida como hace treinta años y con la misma bonhomía, de un folclore que en cualquier otra parte del mundo valorarían como se merece y de nuestra crónica mala suerte para elegir dirigentes. Quise transmitir el impacto del latido de Calero y Gervasio Sánchez, que transformaba las palomas de la plaza en grajos negros y lo orgulloso de nosotros que traspasa el Ebro bajo los puentes desde que hemos peleado por él. Quise escribir un artículo para el suplemento de El Heraldo. Y después una soflama que aguardara el día 18, recién terminadas las fiestas, para incendiar los buzones de los barrios. Ocurre que pude y quise escribir sobre tantas cosas que dejé de escribir.
Una semana después era imposible no mirar sin ver que a miles de kilómetros nos estábamos jugando el futuro. Un mes después de aquello sabemos que nos lo hemos jugado de verdad: las elecciones en los Estados Unidos propiciaron una corriente de datos y reflexiones sobre la situación de ese país que invadieron las más banales conversaciones. Tras comprobar durante una comida con compañeros de trabajo que está de moda ser pro-americano y que, por lo tanto, las elecciones en realidad ya estaban ganadas fuera cual fuera el resultado comencé a escribir:
Sólo en un estado de las cosas como el actual se podría dar la paradójica situación de que esté de moda la idea dominante. Estados Unidos, su modo de vida y su influencia en el de los demás lleva unas semanas y hasta el 2 de noviembre, se supone, atrayendo encuestas, reflexiones y debates. Pasadas las elecciones norteamericanas, sea cual sea su resultado, regresará a ese segundo término desde el que dominar más sibilinamente, desde el que se encuentra a buen seguro más cómodo, el lugar natural de todas las ideas dominantes. Llegan datos sobre la opinión que de ellos tenemos en todas las partes del mundo a través de encuestas globales (en la prisión de Abu Ghraib o en Cuba no fueron necesarias); se siguen con una minuciosidad casi ociosa los detalles sobre su campaña electoral y, de trasfondo, sobre su idea de democracia; para colmo de males, coincide con este mar de datos la polémica diplomática a cuenta de la Fiesta Nacional, de si invitamos, nos levantamos o nos sentamos, dando a Flora Davis la razón que nunca dejó de tener. Las ideas dominantes no suelen dar demasiada cancha para la reflexión, por lo que no se debe dejar pasar esta oportunidad: aunque sólo sea porque, si gana Bush, será fácil que toque esperar al menos otros cuatro años.
La primera conclusión, a la vista de las ajustadas predicciones de votos, es que John Kerry debe de ser uno de los políticos más inútiles que puedan existir en el mundo, sólo superado quizás por su correligionario Al Gore. Partiendo de la certeza de que las visiones que ambos candidatos tienen sobre los problemas más importantes del planeta comparten más de lo que muestran sus mutuas invectivas, lo que se está eligiendo en los Estados Unidos no es tanto un proyecto político (tonterías de la vieja Europa) sino las formas del que se encargue de imponérselo a los demás. Si Kerry ha llegado ya a convencer a todo el mundo de que sólo es un mal menor, es que el candidato demócrata es más incapaz de lo que podría suponérsele a cualquier ser humano que no fuera Bush.
Una segunda conclusión es que el pueblo americano es
Anduve días buscando un adjetivo que se ajustara a la realidad sin apartarme de la nueva vieja moda. Tristemente, el tres de noviembre di con él, pero la urgencia de la actualidad dejó inservible el artículo todavía inconcluso. Y fue una lástima porque de la amplia gama de finales que la libertad, que como ser humano disfruto, había puesto a mi disposición, ya tenía seleccionado uno que no me resisto a parafrasear: en Amanece que no es poco de José Luis Cuerda, Antonio Resines es un ingeniero español en Oklahoma que toma la palabra en una asamblea vecinal para defender que los americanos también tienen cosas buenas. El alcalde del pueblo, Rafael Alonso, el de Colón, le responde en una de las réplica más redondas del cine español: Vete a la mierda.
No es cuestión de alargar demasiado el paseo por este cementerio particular, aunque las fechas sean propicias. Quise escribir sobre la programación cultural de la televisión pública y su nuevo concepto de tele-tienda; de la prometedora como fatua fotografía de los presidentes de Comunidades Autónomas (acaba de ser convocado el concurso de traslados de maestros y profesores a nivel nacional, que es una hermosa oportunidad para demostrar que no nos hemos resabiado en demasía); del cinismo de la FAO que nombra embajadores de buena voluntad a personajes que ganan en un mes el equivalente a lo que costaría erradicar el hambre en países enteros.
Por suerte, cayó en mis manos el libro de Belén Gopegui, El lado frío de la almohada, y Fidel Castro se pegó un batacazo. El vacío, la nada, el silencio se vuelven a llenar de elecciones. Recojo hasta mejor ocasión el disco de Charles Aznavour, que tiene bastante peor percha que Ives Montand, y releo el poema del poeta apátrida César María Cifuentes:
Elección.
No es vivir
perdurar
según la
resistencia
de neuronas
o vesícula,
construir
vestigios
de uno mismo,
sea en forma
de memoria,
descendencia,
patrimonio,
creación.
Vivir es
decidir
con un fin
y un sentido,
dar valor
a los gestos,
compromiso
de mejora
hasta el límite,
si lo hubiere,
rechazar
la mecánica
de las cosas
y no hacerla
responsable
sino parte,
ingrediente.
De este modo,
se convierte
vivir en
aventura,
y nosotros
somos héroes
decisivos,
dueños, libres.
Más cobardes
de lo que
parecemos,
es verdad,
inseguros,
menos sobrios
y certeros
de lo que
contarán
de nosotros.
(Nadie dice
qué tal daba
Jesucristo
en pelotas).
Que me voy.
Sólo quiero
escribir
que hace sol
y es domingo.
Que la vida
nos machaca
hasta que
hace sangre
y suplicamos
como niños,
o escribimos
como niños,
pero nada
todavía
es tan fuerte
que nos prive
del derecho
a elegir
la manera
de hacer tan
mal las cosas.
Hasta muy pronto.
Pablo Aina