Democracia
Sábado, Julio 17th, 2004Pocos días después de las elecciones del 14 de marzo, el candidato de la derecha moderada a la presidencia de los Estados Unidos, John Kerry, pedía al presidente electo Zapatero español que reconsiderara su decisión de retirar las tropas de Irak, apelando a la responsabilidad y al interés nacional.
En el programa electoral del partido ganador de las elecciones en España, en concreto en el capítulo IX del apartado dedicado a las relaciones internacionales (Una relación con el mundo árabe y mediterráneo basada en el diálogo y en el respeto. Por un oriente próximo en paz y prosperidad) se podía leer lo siguiente: Es necesario que el pueblo iraquí recupere cuanto antes el control sobre su propio país. Esta tarea sólo la podrá conseguir Naciones Unidas con el apoyo de toda la comunidad internacional dotándola de la autoridad política necesaria para organizar el tránsito hacia un nuevo gobierno surgido de unas elecciones libres. La presencia de las tropas españolas desplegadas en Irak sólo se mantendrá sobre la base del cumplimiento de estos requisitos. Retórico eufemismo para prometer el regreso de las tropas españolas, como claramente fue entendido por los votantes españoles al final de la campaña electoral.
A mediados de junio, el nuevo embajador español ante la Santa Sede, Jorge Dezcallar de Mazarredo, presentaba sus cartas credenciales ante el Papa Juan Pablo II. Convertido en un nuevo Ernesto Cardenal, Dezcallar hubo de soportar la temblorosa reprimenda del Pontífice ante la postura del gobierno español en asuntos como el matrimonio entre personas del mismo sexo, el divorcio, el aborto y la enseñanza de la religión católica en los centros públicos. Días después el presidente electo español, en un ejercicio de masoquismo político, revivió la experiencia de su embajador y escuchó cómo en su discurso Juan Pablo II ponía de manifiesto Papa la incoherencia de ciertas tendencias de nuestro tiempo que, mientras por un lado magnifican el bienestar de las personas, por otro cercenan de raíz su dignidad y sus derechos más fundamentales, como ocurre cuando se limita o instrumentaliza el derecho fundamental a la vida, como es el caso del aborto. En el capítulo titulado Un nuevo impulso a la sociedad de bienestar del programa electoral más votado en España el 14 de marzo se puede leer lo siguiente: Garantizaremos el derecho a la información y acceso a la planificación familiar a toda la población, incluyendo la dispensación gratuita de la píldora del día después, con especial atención a la población joven y adolescente e inmigrante. Estableceremos una legislación integral para garantizar el derecho a la salud sexual y reproductiva de toda la población. Reformaremos la legislación sobre el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo para adoptar un sistema de plazo. En otro capítulo del citado programa, en concreto en el titulado La democracia de los ciudadanos y ciudadanas. La España plural. La España constitucional, se hace referencia a otro de los aspectos que preocupan al Papa: Modificaremos el Código Civil a fin de posibilitar el matrimonio entre personas del mismo sexo y el ejercicio de cuantos derechos conlleva, en igualdad de condiciones con otras formas de matrimonio, para asegurar la plena equiparación legal y social de lesbianas y gays. Acerca de la enseñanza de la religión, en el capítulo titulado La educación, nuestra prioridad básica del demasiadas veces citado programa se puede leer una frase de una concreción digna de agradecimiento: Restableceremos el carácter voluntario y no evaluable de la enseñanza de la religión.
Es verdad que los dirigentes del Partido Socialista Español se lo tienen merecido: Felipe González tardó meses en contradecir su programa electoral defendiendo el ingreso de España en la OTAN en 1983. Pero no deja de resultar indignante la postura de estos dos dirigentes mundiales instando descaradamente al nuevo gobierno a incumplir unos compromisos adquiridos con sus conciudadanos, y por escrito, escasas semanas antes. Asusta el mínimo respeto demostrado por estos dos individuos a las normas de una democracia formal, que no real, en la que al parecer el compromiso de los políticos con su pueblo se aplaza cuatro años una vez que se saluda la victoria desde el balcón de la sede del partido la noche electoral. Es la mayoría de los electores los que quieren que las tropas españolas regresen de Irak o sea legal e igual el matrimonio entre homosexuales, y el gobierno sólo es gestor de ese deseo. La irresponsabilidad (la guerra de Irak es, por lo visto, claro ejemplo de responsabilidad política) o la incoherencia, de existir, será la de la mayoría de los ciudadanos que se tomaron la molestia de ir a votar el domingo 14 de marzo. Cuestionar la pertinencia de estas decisiones es cuestionar el derecho del pueblo a decidir sobre los asuntos públicos que le importan, sobre cómo quiere que sea la sociedad en la que vive.
No creo en la democracia pero sí creo en los demócratas: pocos días antes de las elecciones, el alcalde del pueblo en el que trabajo aceptó someterse a una rueda de prensa ante mis alumnos de Medios de Comunicación de Bachillerato. Fue un ejercicio de ingenua responsabilidad ciudadana por parte de los chavales, de gratificante valentía por parte del alcalde, de fresca libertad en suma. En nuestro pueblo no hay cine y le preguntaron al alcalde por qué. No salen las cuentas: las distribuidoras cinematográficas no van donde no hay público, la poca/insuficiente gente del pueblo que va al cine se desplaza a las ciudades cercanas, ya se intentó hace unos años y resultó ser un proyecto inviable. Pero después de responder, el alcalde bajó un poco el tono de voz y la mirada, Kerryy lo dijo con desasosiego, como el que sabe que se ha metido en un lío tremendo del que va a ser imposible salir: Pero está en el programa electoral, así que habrá que hacerlo. Yo no creo en la democracia (estoy convencido de que no llegará a haber cine en este pueblo) pero sí en los demócratas, porque en esa reflexión a media voz resonaba la dignidad que se ahoga en las poderosas gargantas de John Kerry y del Santo Papa de Roma.
Pablo Aina
