Cumplir años es un acontecimiento contradictorio del que se sale perdiendo a causa de lo que se gana. Por algo los judíos no le tienen estima desde que un cumpleaños le costara la cabeza a Juan el Bautista. Nada se sabe tampoco de los de Cristo o sus seguidores, poco dados a celebraciones, quizás conscientes del tumultuoso desenlace de su única reunión festiva (es alarmante que a lo largo de los Evangelios nunca se muestre ni a Jesucristo ni a los suyos reír). elebrar un año más de vida es una costumbre gentil, muy del agrado de los satanistas para los que el día del propio cumpleaños es el más importante de los días sagrados del año. Para valorar la importancia de esta celebración en nuestra sociedad actual no es necesario rastrear en tan remotos documentos: lo que le conviene a El Corte Inglés nos conviene a todos. No hay más.
Sin embargo, ciento veintiún años de marxismo ponen a cualquiera sobre aviso ante todo tipo de dogmatismo: cumplir años es un acontecimiento digno de festejo cuando no se hace cuenta de los que todavía quedan por cumplir, cuando se quiere escapar de la inocencia como de la peste y se intuye que el futuro es una hermosa mujer desnuda, o viceversa. Más allá de ese momento, no datable y personal, no parece merecer la pena. No obstante, por concretar, se podría proponer que el cumpleaños no se celebrase desde que resultara socialmente inadmisible estirar con fuerza y hacia abajo la oreja del homenajeado tantas veces como años conmemorara.
Esta costumbre ha quedado como expresión de otras muchas manifestaciones físicas que realizaba el pueblo anterior a la Historia para constatar la fuerza que había adquirido el celebrante durante los 365 días transcurridos desde la anterior conmemoración. Golpear, lanzar por los aires o pellizcar y, sobre todo, soportar del mejor grado tales acciones, eran tenidas como señales de una buena fortuna. Por otra parte, resulta difícil de imaginar a las máximas autoridades y a la totalidad del cuerpo diplomático, amén de empresarios, artistas y personalidades punteras del país, estirando de la oreja sesenta y seis veces, uno por uno, el próximo junio en La Zarzuela a Juan Carlos de Borbón.
Para los que perdieron la inocencia antes de que se les endurecieran los lóbulos y pagan el convite de su bolsillo, siempre queda el consuelo de creer, como aquellos pueblos antiguos, que la cercanía de los seres queridos el día del cumpleaños ahuyenta a los malos espíritus que se congregan sin falta en cualquier momento de transición vital. Porque, como Marx parece que sí tenía razón en alguna cosilla, no hay duende que pueda con algún libro dejado como por descuido encima de la cama al despertar, una veintena de mensajes en el contestador telefónico o el placer de una sobremesa demorada y alegre con los que tan caras se hacen.
(Para aquellos lectores no sagaces, aunque dudo que los haya entre los que se asoman a esta bitácora maña, confesaré que en unos días cumplo cuarenta años y ya no sé cómo quitarme el miedo de encima).
NOTA. Si alguien está interesado en el tema de los cumpleaños hay un libro en inglés de Bárbara Rinkoff con el título Prácticas de cumpleaños alrededor del mundo (Barrows, Nueva York, 1967) y un artículo de Daniel Campos de clara orientación religioso-fundamentalista del que, sin embargo, he obtenido buena parte de los datos históricos que aparecen aquí.
Pablo Aina