Se nos ha ido el sol
Viernes, Noviembre 27th, 2009Ayer se nos fue Manuela, la ciudad tiene menos color, y yo estoy cabreada.
Ayer se nos fue Manuela, la ciudad tiene menos color, y yo estoy cabreada.
Ha muerto Antonio Vega. Las que fuimos chicas hace ya tiempo hemos perdido a muchos por las putas drogas.
La otra noche se nos ha llevado a Angel, de improviso y a traición. Quedó atrapado en su sueño, y nos lo han arrebatado sin derecho a retorno. Impresionaba el dolor de su familia, de sus amigos y sus compañeros. También el de sus alumnos, más crudo por ser más jóvenes. Hacía años que no le veía, pero era como si le hubiera visto el día anterior, y sé que no había cambiado, era un chico recto, positivo, solidario, cariñoso y sobre todo, Angel era buena gente. “Tocado” por el estilo de la Parroquia de San Agustín, como tantos de su generación, fue coherente con sus ideas en todos los aspectos de su vida. Era una persona especial, un tipo estupendo, y su pérdida nos ha producido el desgarro que dejan las personas cuando son buenas.
Angel, tendrá que ser sin tí, igual que tuvo que ser sin Teodoro y sin Ramón, pero el recuerdo de tu risa, tus poemas y tu actitud en la vida no lo vamos a olvidar. De ninguna manera.
Un beso y hasta siempre.
Isabel
Hace días que quiero escribir algo sobre la Sociedad General de Autores y los cambios que un grupo de gentes con las que colaboro pedimos en la política de derechos de autor. Pero hoy he leído un artículo de Fernando Rivarés en EL PERIODICO DE ARAGON y creo que no merece la pena que me ponga. No lo puedo explicar más claro ni con más gracia. Y es que el que escribe bien y piensa bien, pues eso, es él.
PIRATAS
01/02/2008 FERNANDO Rivarés
Soy un pirata. Bajo películas, información y música de internet constantemente, además de dejarme un dineral a la semana en una tienda del centro que empieza por F y en mi librería de cabecera que empieza por C. Lo considero un derecho individual y cultural que mejora mi estado anímico y mi conocimiento del mundo. Hacerlo no daña ni a la música ni al cine, sino que abre nuevos caminos para la difusión, la creación y el intercambio de ideas. Otra cosa es que suponga una considerable merma en los beneficios económicos de la industria. Pero la industria no es la cultura, sino una estructura económica en la que vive parte de ella. Lo que daña es un modo antiguo, caro y falso de reproducir los productos culturales y de cobrar por ello, y de incidir en los grandes grupos de comunicación para que reseñen y promocionen el libro, la película o el disco que la industria ha decidido promocionar y para lo que paga sustanciosas cantidades. Jamás la música, la literatura y el cine estuvieron tan presentes en la vida cotidiana de la humanidad. Jamás hubo mejor y más fácil acceso a la creación artística. Sólo que la industria es vieja y no sabe enfrentarse un mundo nuevo con aspiraciones nuevas. Ha de cambiar. Aunque no quiera. Lo contrario es negar la evolución, la tecnología y la libertad individual. Y por último: los artistas han de vivir en las mejores condiciones posibles para crear. Pero el arte es un trabajo, no un modo de financiarse una mansión en Miami. ¿Serán los perseguidores de la llamada piratería el Vaticano de la cultura?
Llevaba mucho tiempo sin escuchar la voz de Carlos Llamas, cuando llegó Septiembre y no volvió al programa me temí que había empeorado, pero no esperaba la noticia de su muerte. Me he ido a la cama durante años escuchándole y me voy a acordar de él muchas noches. No solamente por su estupenda voz, también por su humanidad, su retranca, su claridad en temas que me son muy cercanos.
Le ví en Zaragoza hace tiempo, en una edición de Hora 25 en directo, me hubiera encantado tener un aparte con él y una charla. Seguro que era un buen tío, se le notaba. Era un periodista de izquierdas, uno de los nuestros. No sé si a él le gustaría que diga esto, pero si no te gusta te fastidias, yo también estoy cabreada contigo por esta faena que me has hecho, irte y dejarme sola por las noches, cómo te atreves.
Esta bitácora ha tenido un paréntesis, cerrada por enfermedad.
Empecé a encontrarme mal en primavera, una primavera fría y lluviosa. Me faltaban las fuerzas, tenía algo de fiebre por las noches, al final del día estaba agotada y mis tripas andaban algo revueltas. La analítica dijo que era una anemia y como persistía, hubo que investigar qué la producía. Fueron semanas y semanas con días mejores y peores, débil, con molestias y perdiendo peso. Por fin en Junio lo supe: era una infección en la zona pélvica y era inevitable operar para eliminarla.
El diagnóstico me cayó mal, siempre me cuesta encarar los problemas de salud, los míos y los de quienes me son más cercanos. Aún no habían pasado dos años de una operación anterior y no aceptaba volver a pasar otra vez por aquello. Pero tuve que hacer lo que me decían: tomar antibióticos, las pruebas del preoperatorio, mientras me iba encontrando cada día peor, sin apetito, con el estómago revuelto y algo abatida de ánimo.
Una noche de viernes ya me puse muy mal. Por la mañana localizamos al cirujano, encontró los síntomas graves y me mandó ir al hospital para intervenir ya. Con el susto en el cuerpo pero también aliviada porque íbamos a solucionarlo, metí cuatro cosas en una bolsa y mi compañero y yo nos fuimos hacia el Clínico. Era mediodía y hacía calor. En Urgencias en cambio hacía fresco y el trámite fue rápido, en unos minutos una sonriente enfermera me acompañaba para que me reconociera la médico de guardia. Ella se acordaba de mí, había estado en mi operación anterior. Me prepararon y a media tarde me llevaron al quirófano.
Volví a recorrer pasillos en camilla, otra vez el frío y la gran luz de la sala de operaciones.
Se presentaban el anestesista, su enfermera, un ayudante, y yo sólo quería que me durmieran de una vez para dejar de tener miedo.
Cuando me desperté, varias horas después, vi a mi compañero que medio sonreía y sentí el trajín de acomodar la cama en la habitación. Al despertar un poco más me sentí dolorida y molesta, tenía una sonda en la nariz, un drenaje, la vía para el gotero en el cuello, y mucho calor.
Los días siguientes estuve en la cama inmovilizada y con pocas fuerzas. Agradecía las manos hábiles que cada mañana me aseaban y refrescaban. Lo peor eran las noches, me costaba dormir, me dolía la espalda. Pasaba muchos ratos mirando cómo caían las gotas de la bolsa de suero y cómo iba cambiando de color el trozo de cielo que veía por la ventana.
Iban viniendo a verme mi familia, amigos y compañeros de trabajo, caras sonrientes, voces conocidas, mensajes simpáticos en el móvil, palabras amables y de ánimo. Mi compañero, casi siempre a mi lado, pasando de la preocupación a la tranquilidad cuando empecé a mejorar poco a poco.
Un día pude ponerme en pie por fin, débil pero me mantuve. Miré por la ventana para ver algo más que el trozo de siempre. El domingo pensaba en lo que hace la gente en un día de fiesta en verano. Todas las posibilidades que se me ocurrían me parecían apetecibles: el desayuno sin prisas, un paseo, oír música, periódicos y revistas, una caña en el parque, un bocadillo por la tarde.
Cuando llegó el momento de volver a comer tuve miedo de retroceder, de estar otra vez inmovilizada con aparatos, a que hubiera una complicación, volver al quirófano y empezar otra vez.
Pero no ha sido así. Después de nueve días en el hospital me dieron de alta. Me emocioné al despedirme de enfermeras y auxiliares. Me habían ayudado mucho en los momentos malos. Al salir, agradecí el aire en la piel, incluso el calor. En el taxi de vuelta a casa enviaba mensajes: Me han dado el alta. Besos.
El pintor Rubén Enciso tiene una larga y reconocida trayectoria artística que se inició en la década de los setenta. Fue miembro fundador del “Colectivo Plástico de Zaragoza” y durante muchos años profesor de dibujo en un instituto de educación secundaria en la Margen Izquierda. Al mismo tiempo ha sido un permanente colaborador con diversos colectivos ciudadanos. Su obra frecuentemente está vinculada a la realidad social. Podemos ver un bello ejemplo en el Jardín de la Memoria del barrio de San José.
Un grupo de amigos suyos, capitaneados por ese soñador con los pies en la tierra que es Manolo Fortuny, y con el apoyo de la Asociación de Vecinos del Picarral, decidieron trasladarse al Chad en base a un proyecto social y educativo. En ese momento empezó para Rubén una relación de colaboración y de compromiso con aquel proyecto, que en buena medida ha cambiado una etapa de su vida.
Este grupo de zaragozanos se instaló en un poblado nuevo, a 7 kms. de la ciudad de Kiabé, al sur de la República del Chad y ha desarrollado un admirable trabajo de enseñanza de técnicas agrícolas a las familias que allí residen, han construido un refugio y una escuela, y apoyan a dos pequeños hospitales del entorno.
Rubén ha viajado varias veces a este lugar, y colabora enseñando a los niños y los jóvenes a hacer murales, a pintar con las manos, a hacer artesanía, a expresarse en libertad. Acaba de volver y el calor, la sequía, las carencias y las dificultades ya están olvidadas. Seguramente pensando en el próximo viaje, Rubén prepara sus nuevas fotografías porque está deseando enseñarlas y quienes le conocemos estamos deseando verlas, como siempre.
Rubén Enciso es un gran tipo.
¡Qué hilarante la imagen de la derecha política utilizando pancartas! Ayer, el grupo popular del Parlamento Andaluz obligó a que su presidenta suspendiera la sesión, por primera vez en la historia de la institución, a causa de la exhibición por parte de dicho grupo de unos letreros con el lema: “Chaves, no + cacicadas”. La derecha andaluza es mucha derecha. No hay más que ver a su presidente, Javier Arenas. Por eso resulta todavía más grotesco el uso de técnicas que les son tan lejanas. Da grima verles engominados, sosteniendo como con asco el cartelito, medio escondiéndose detrás ¿Pancartero?de él para no salir en el ABC protestando como si fueran unos melenudos. Anda que no se les iban a reír sus amistades cuando reconocieran en privado, acodados en la barra de José Luis, el mal rato que pasaron. Con el lenguaje esemésico quieren dar la sensación de juventud, de idealistas por 0,9 céntimos la utopía, porque ellos no corrieron delante de los grises pero sus padres, tampoco. Claro que todos hemos sido jóvenes, hasta los de derechas, y todos hemos abrigado esperanzas alguna vez de un mundo mejor, más justo, más libre, tonterías de la primera juventud. Se dicen muchas tonterías cuando eres de izquierdas. Uno de los miembros más jóvenes del grupo propuso transcribir “kazikás” y pensó que había quedado de puta madre aunque no le tuvieran en cuenta. Estoy convencido de que muchas diputadas pancartistas habrán guardado el cartelito en su bolso, doblado en cuatro como las cosas sin importancia -las notas de sus hijos o los papeles de la asistenta-, para poder enseñárselo después con alborozo a su hija mayor, que se ha vuelto muy reivindicativa.
Algún bienintencionado progresista podría rebatir esta idea manifestando el derecho que cualquiera tiene de hacerlo a su vez del modo que crea más conveniente. Pero si lo es de verdad, bienintencionado y progresista, se equivocaría. La derecha ha ido arrebatándole históricamente a la izquierda todos sus logros: los partidos políticos, los sindicatos, la igualdad de sexos. Y gestos como éste de exhibir cartelitos es, por mucha repugnancia que les provoque, un calculado intento de desvirtuar la movilización social. Esta gente no hace nada por azar. Si acaba todo el mundo manifestando con pancartas su parecer, se banaliza el acto, se le desgasta, el personal con la dichosa manía de manifestarse bajo una idea común, como si para que la cosa funcione no estuvieran ya los políticos. Cuando el pueblo sale a la calle a manifestarse contra la guerra, contra la instalación de una discoteca –parece que vamos ganando-, contra el ninguneo a las Humanidades o contra el recorte de sus pensiones lo hace de esta forma porque es la única que como ciudadanos tienen en ese momento, congeladas las relaciones con el poder en cubitos de cuatro años. ¿Para qué sacan las pancartas los políticos en una cámara de diputados? Su obligación es llegar a acuerdos que posibiliten un mejor modo de vida para la gente y están en el lugar adecuado para hacerlo. No tiene ningún sentido en este contexto ese tipo de protestas si no es por la razón apuntada.
Porque la idea de partido político ha sido también engullida por la derecha real, todo lo dicho vale también para los diputados de izquierdas. Muchas veces despliegan sus pancartas únicamente para que los saquen en la tele. Les lanzan a los ciudadanos la idea de que, como se manifiestan como ellos, comparten con ellos sus inquietudes. Mentira. Si eso fuera verdad y fueran tan capaces como se supone al ver sus nóminas, lograrían sacar adelante alguna de sus propuestas. Y éstos se ponen unánimemente de acuerdo sólo cuando hablan de la Monarquía. La clase política de izquierdas tampoco tiene derecho a utilizar este tipo de manifestaciones, porque demuestran al pueblo a diario lo alejados que están también de él. Si una de las representaciones más claras de las ideas de izquierdas en el Parlamento español son los diputados de Esquerra Republicana, entonces o su presidente va muy mal de su esquizofrenia o el respeto a los muertos por encima de una bandera no es una idea progresista. Carod Rovira se negó ayer también a participar en un acto protocolario en Tel-Aviv de recuerdo a Rabin porque no ondeaban al viento las barras de la bandera catalana. Tiene todo el derecho porque es nacionalista catalán pero que no diga que es de izquierdas. ¿Desde cuándo la izquierda ha sentido tanto fervor por las banderas sin hoz ni martillo? Carod Rovira va a dejar a Felipe González como paradigma de la coherencia: en un lustro lo veo de colaborador con Buenafuente. En TV3.
No quiero hablar de Labordeta por respeto a sus fans y porque el más tonto de mi pueblo es médico. Sólo para terminar, una pequeña anécdota real -todas las que cuento lo son- que me ha ocurrido aquí en el sur: se acababa de declarar la guerra de Irak y en el instituto propusieron los alumnos mayores parar las clases en señal de protesta e ir a manifestarnos por la tarde delante del Ayuntamiento. Nunca sabrá Bush el peligro que corrió aquel día: por la mañana, ellos suspendieron las clases e hicieron una pancarta; por la tarde, nos reunimos delante del Ayuntamiento unas cincuenta personas, padres y profesores exclusivamente. Un compañero mío bromeó: “Es la primera manifestación de la Historia a la que no acuden sus convocantes”. Cuando al día siguiente pregunté a los alumnos por qué no habían asistido a la concentración que ellos mismos habían convocado no supieron dar una sola razón. No le daban importancia. Supongo que pensaron que no merecía la pena, que ya están los políticos para solucionar los problemas. Que lo divertido de las pancartas no es enseñarlas sino hacerlas, sobre todo si es en horas de clase.
Está visto que la cosa marcha.
No es la primera vez que Belén Gopegui afronta en una de sus novelas la admirable tarea de luchar contra las corrientes de pensamiento. Lo hizo en La conquista del aire, al cuestionar el valor del dinero en nuestras relaciones personales, y lo vuelve a hacer en su quinta novela, El lado frío de la almohada, al atreverse a reflexionar sobre Cuba.
Las corrientes de pensamiento u opinión son un número limitado de razonamientos retóricos incuestionables pero coyunturales, no se sabe creados por quién, pero impulsados por los medios de comunicación a través de muy estudiados conductos, que sirven de referente a gran parte de los ciudadanos en el desempeño de su rol social.
Uno de los parámetros de categorización de estas corrientes es el estrato socio-cultural del individuo que las asume: las dirigidas a moldear el pensamiento de las clases más desfavorecidas o incultas son menores en número pero exigen ser defendidas siempre con una contumacia elogiable. Belén GopeguiSon el germen de la mitomanía y tienen como rasgo común su relación directa con la realidad mediática, en concreto con un personaje de esa realidad, al que se alude siempre con una familiaridad empalagosa.
Las herramientas dialécticas con las que son defendidas estas corrientes de pensamiento, tanto en los medios como en la cotidianeidad, son las más sencillas de las posibles: creer en la palabra de un individuo sobre la palabra de los demás y la fe ciega en lo que se escucha en la radio o televisión. Sin embargo, el arma retórica infalible es haberlo leído. La cita textual, aunque recogida de una revista del corazón o de la propaganda de un supermercado, supone una demostración irrefutable. Servirían de ejemplos las corrientes de opinión formadas alrededor de personajes como Maradona y mil más que los medios crean y destruyen a velocidad de vídeo-juego.
Dentro de este apartado se encontrarían también las referidas a nacionalidades. En Aragón tenemos un ejemplo bien claro: desde que comenzamos a enfrentarnos al anterior Gobierno por la enésima burla a la justicia territorial a cuentas del Trasvase del Ebro, somos vistos por la mayor parte de los españoles como un pueblo insolidario que no quiere dar lo que no es suyo. Que vascos y catalanes sufrieron más que el resto de los pueblos de España la represión franquista o que los andaluces son un pueblo hospitalario y alegre son también ejemplos de cómo las corrientes de opinión construyen sus verdades.
Las pertenecientes a las clases más favorecidas económica o culturalmente se diferencian en esencia de las bajas en que rehuyen la materialización. Sólo se personalizan las opiniones si el individuo utilizado sirve como tipo representativo de una postura vital determinada. Que defendamos a García Márquez ante Vargas Llosa, o viceversa, no sólo obedece a nuestros posibles gustos literarios sino que deja asomar un determinado posicionamiento político.
Rara vez se afrontan asuntos que puedan tener una trascendencia en la realidad más inmediata. Una excepción reciente a esto ha sido la polémica sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, quizás porque la homosexualidad siempre es vista por este grupo social como algo ajeno al propio círculo o, si se ha encontrado, como una prueba que el grupo ha sabido superar con un magnífico talante. Así, no considerar progresista este derecho era tenido por reaccionario a su vez. En definitiva, nos encontramos con otra de las características propias de las corrientes de pensamiento: sus conclusiones no admiten ser confrontadas con otras corrientes contradictorias. Porque, ¿desde cuándo ha sido progresista defender el matrimonio?
Fidel CastroPero donde más cómodas se encuentran estas corrientes es versando sobre asuntos ideológicos que repercuten en la realidad situada a miles de kilómetros. Hambres sin lo que sobra, guerras con nuestras armas. Hace unos años planteé a mis alumnos el problema de que las armas con las que se están matando los hambrientos del tercer mundo se las vendemos nosotros. Todos a una pensaron que era una vergüenza que en lugar de darles para comer les diéramos para matarse. Propuse, como primera medida, la regulación de la producción de armas en nuestro país hasta el número únicamente necesario para nuestra defensa. Estuvieron de acuerdo. Aunque nos cueste cerrar alguna empresa y vayan obreros españoles a la calle. Ya no estuvieron de acuerdo. Si evitar que el tercer mundo sea una guerra incontrolada iba a suponer que alguno de nuestros padres, hermanos o simplemente compatriotas acabaran en el paro, había que buscar otra solución. Las corrientes de opinión tienen su propia jerarquía y en lo más alto se encuentran aquellas que aseguran la conservación del estado que se ha alcanzado, con sus logros. Mejor plantearse situaciones más lejanas con las que, no obstante, se guarde cierto tipo de relación afectiva, histórica o cultural.
Por eso, Cuba es uno de los asuntos favoritos de las corrientes de pensamiento acomodado. Y eso que desde hace unos pocos años, el problema de Cuba está alcanzando una concreción que comienza a ser preocupante. “Cuba es una dictadura y punto”. Se acabó la discusión. Por eso, que Belén Gopegui se haya atrevido en su nueva novela a reflexionar más allá del punto es una noticia estupenda.
Ni la novela, ni tampoco este artículo, es una defensa de la revolución cubana ni de Fidel Castro. Parece que no les hace falta. Sólo buscan exigirnos un poco más de reflexión, de perspectiva histórica y moral hacia un asunto de la realidad política que contiene muchos recovecos. En este asunto no hay buenos ni malos, porque los buenos han hecho muchas cosas malas y los malos más de una buena. Y esto es un problema: acostumbrados a nuestra forma de ver el entorno nos cuesta pensar sobre realidades complejas y no sobre tipos. Más en Cuba, donde decidir quiénes son los buenos y quiénes los malos ya exige un posicionamiento. Con todo esto, detenerse en estos ingenuos razonamientos es considerado por la corriente de pensamiento actual como claro síntoma de pro-castrismo. Ésa es la verdadera amenaza y la última de las características de este fenómeno social: su irreprimible deseo de imponerse como verdad única. Si no fuera por este último rasgo, las corrientes de pensamiento podrían llegar a ser inofensivas. Con él, son uno de los más serios peligros de la sociedad actual y empieza a ser más que urgente combatirlas.
Así que:
Mientras los Estados Unidos mantengan el embargo a Cuba, el régimen cubano representa, antes que ninguna otra valoración, a un pueblo oprimido por la mayor potencia mundial, que abusa de su hegemonía violando las más elementales reglas del Derecho Internacional. Sólo y únicamente sería quizás lícito intervenir diplomáticamente en los asuntos internos cubanos después de que el embargo despareciera y se tratara a Cuba en igualdad de condiciones.
Cuando la novela se olvide definitivamente del mundo exterior existente más allá de su ombligo, entonces desaparecerá. Belén Gopegui lleva cinco títulos retardando el fatal desenlace.
Pablo Aina
He tenido la oportunidad y la suerte de pasar en Zaragoza dos semanas no consecutivas de las últimas cinco y no he dejado de ver y hablar con gente afectada por las decisiones de nuestros responsables políticos. Nunca había visto tanta gente afectada de un modo tan inmediato e íntimo, en su más estricta cotidianeidad, a consecuencia del poder más cercano. Y eso que, quien esto escribe, dio con sus huesos en el paro, entre otras cosas, por la arbitraria implantación de un impuesto municipal hace ya unos cuantos años, en la España de los tres millones de parados, aquella de los veinticinco años de ayuntamientos democráticos y medallitas de San Jorge. Con todo, la sensación que me he traído para el sur sobre lo que está ocurriendo en nuestra ciudad produce un mayor desasosiego. Se está adelantando una premonición que había escuchado muchas veces a la vista de la mínima preparación humana y profesional con la que nos vemos obligados a expender titulaciones y promociones dentro de la escuela pública: “Tendremos que salir a la calle, jubilados y con gayata, a defender lo nuestro de los incompetentes que lo gestionan”. No ha hecho
plazarse sin importar hora ni temperatura allí donde fueran requeridas, abandonando sus casas y sus hijos para atender la llegada de los de los demás. Eran amenazadas por los futuros padres, hombres de la posguerra española, si no eran capaces de dominar la Naturaleza como ellos eran capaces de creer que la dominaban. Estas mujeres, ahora muchas de ellas octogenarias, ven recortada su paga alrededor de cincuenta mil pesetas al mes. Se han organizado para recordar a los políticos que no tienen la capacidad legal ni moral para arrebatar una cantidad de dinero a quienes tienen derecho a él. Me han contado, y no tengo por qué no creerlo, que un señalado diputado de las Cortes Aragoneses replicó a las representantes de este grupo de trabajadoras que se les quitaba ese dinero porque ya ganaban demasiado. Este señalado diputado de izquierdas, e insisto en lo de señalado porque es el único de su grupo, debió de sentir un cosquilleo especial en el vientre al parir semejante razonamiento. Ese cosquilleo es el poder, tontín, disfrútalo mientras vayan bien las cosas pero toma nota de esto y pásalo a tus colegas: tú no eres quién para quitarle el dinero a ningún jubilado que tenga firmadas con la Administración, bajo cualquiera de sus formas territoriales, unas determinadas condiciones de retiro. Ni tú ni la mitad más uno como tú.
Mi madre nació en la calle Pamplona Escudero de Zaragoza y vivió en ella y en su paralela, Bretón, más de cincuenta años. Hace unos diez decidió junto a mi padre trasladarse al Actur, hartos de las difíciles condiciones de convivencia que comporta vivir en una zona de marcha. Por un poco de tranquilidad canjearon toda una vida en su barrio, y salieron ganando. Hace poco más de un año instalaron debajo de su nueva casa un restaurante. Unos terrenos que estaban destinados a equipamientos sociales para el barrio se vendieron a particulares. Se intentó tímidamente reclamar el uso prometido para el solar pero el negocio se estableció por encima de todo. Ahora quieren reabrir el local pero como una macro-discoteca. Los vecinos se han organizado para recordar a los políticos que no tienen capacidad legal ni moral para propiciar la modificación del tipo de convivencia que ellos han escogido al querer vivir en ese barrio. Por los antecedentes ya expuestos, conozco muy bien cómo incide en la vida diaria la existencia de establecimientos nocturnos debajo de casa. Comprendo perfectamente el desasosiego que le produce a mi madre la posibilidad, casi certeza, de que la instalación de una macro-discoteca convierta la zona en un lugar completamente distinto y peor para su modo de vida de aquel en el que invirtieron toda una vida.
Lamento no conocer a ningún afectado por la supresión de un taconazo del Ballet de Zaragoza para incorporar su causa, aunque me temo que en este caso todos somos afectados. Afectados es una hermosa y muy apropiada palabra para designar la Zaragoza que he visto esta primavera, una ciudad llena de afectados. Afectados de nosotros mismos, de nuestros responsables que se han olvidado de que trabajan para nosotros. Sabemos de su incapacidad por lo que no les pedimos que hagan algo para mejorar nuestras condiciones de vida. Pero al menos podemos exigirles que no hagan nada para empeorarla. Están obligados a no afectarnos.
Pablo Aina