Mi amigo Antonio Lorenzo, arquitecto, urbanista y sobre todo ciudadano con cabeza, se preguntaba estos días cómo podíamos dejar pasar la oportunidad de recuperar las riberas del Huerva en el tramo de Gran Vía. La verdad es que para mí ha sido un descubrimiento, no tenía conciencia cuando caminaba por el boulevard que debajo estaba el río. A
Ahora que lo he visto, me sorprende que ni siquiera se haya planteado la opción, ya no digo considerarse, o evaluar los pros y los contras. En esta ciudad se han asentado el pensamiento único y el optimismo oficial, la discrepancia no tiene crédito a priori, se lo dan el tiempo y los hechos.
Aquí está la propuesta de Antonio, sus argumentos y el planteamiento de las dificultades. Merece la pena leerlo y reflexionar un momento, a partir de ahí, aceptemos el saludable ejercicio de escuchar y dejarse convencer.
UNA OPORTUNIDAD QUE NO SE PUEDE PERDER
“El Huerva reaparece, en un tramo, ante los ojos de los zaragozanos. Para una parte de ellos resulta sorprendente: ¡Anda, pero si había un río ahí abajo! Para otros es simplemente hermoso: un tramo muy diferente a los ya conocidos. Integrado, bien integrado, en una calle. Con sus proporciones adecuadas, el espacio preciso,…¡Y con esos árboles! ¡La calle más bonita de Zaragoza! Un hallazgo de primera, la calle más bella de la ciudad.
La ciudadanía, como en todo, opina. Y una parte de ella, como en todo, no se plantea otra cosa: se descubre y se cubre, alguien lo ha decidido así, se comenta, se hace una foto y a casa. Y también como siempre, otra parte piensa que las cosas se están haciendo de una manera, pero muy bien se podrían hacer de otra, incluso mucho mejor.
Pues bien, no hay que hacer muchas encuestas para darse cuenta de que entre los segundos, y también entre los primeros en cuanto les ha sido planteado, es mayoritaria la opinión de que el Huerva se mantenga descubierto. Y no resulta sorprendente esa opinión: es un descubrimiento de primera magnitud, como para replantear la cuestión.
No se les escapan, a unos y otros, las dificultades de plantearlo aquí y ahora. Unas obras en marcha, una contrata que pondrá sus exigencias, unas decisiones ya tomadas, hasta algunos puestos de trabajo en juego, depende de hasta donde se quiera llevar la demagogia. Dificultades sí, pero imposibilidad no. Y además ¡para eso están los gestores de lo público! Para resolver, con bien, las modificaciones, que tantas otras veces se han hecho con bastante menores motivos.
También puede aparecer, entre las dificultades, el asunto o debate sobre el tranvia. Pero aquí parece que la cuestión puede zanjarse rápidamente: Son dos cosas contiguas pero independientes, en nada interfiere lo uno en lo otro.
Más dificultades: el tema del caudal de agua, de su limpieza y la del cauce. Tema hoy afortunadamente resuelto con la red de saneamiento de la cuenca del Huerva, su regulación, las posibles descargas de agua del Canal, y con un mínimo acondicionamiento de su cauce. Queden atrás les imágenes de cloaca y nido de ratas, hora es de abandonar ese mito.
Pero… , otro pero: ¿como quedará? Sencilla respuesta a éste: cabe todo, desde el bajo coste (arreglos superficiales, barandillas y pasarelas) hasta el concurso de ideas con los grandes divos arquitectónicos del universo mundo. Ya se verá. Y aun más,… ¿no es demasiado tarde? Pero la pregunta, así, no es pertinente. La cuestión principal debe ser: ¿Es importante para la ciudad o no? ¿Vale la pena reconducir el tema? Claro que es posible. No hay más que recordar ejemplos recientes como la anulación del aparcamiento subterráneo en el Paseo o el soterramiento de las vías de ferrocarril, temas que en su momento también estaban en marcha y afortunadamente fueron reconsiderados, para bien.
Cuando se hizo el cubrimiento, en los años 20-30 del pasado siglo, se perdió la ocasión de integrar ese tramo de río en la ciudad. Pero eran otros tiempos, no se planteaban ciertas cosas, primaba otro tipo de progreso, de vialidad y de extensión urbana, con la Gran Vía, los planes de ensanche, la SZUC y el Parque Grande al final. Pero algunos años más tarde, con nuevos planteamientos urbanísticos, el cubrimiento, simplemente no hubiera sido posible, ni se habría planteado. Entonces hoy, pasados algunos años más y más afinadas las técnicas urbanísticas, ¿qué hacer? Siendo tan modernos, no parece difícil la respuesta: Dejar el río descubierto ¿Alguien es capaz, hoy en día, de cargar con la culpa de volver a cubrirlo?
En realidad, tampoco es tan difícil darse cuenta de que es bastante posible reconsiderar la decisión e incorporar el río descubierto a la ciudad. No hay más que ver la premura con que algunos corren a apuntarse a haber sido los primeros en la idea del Huerva descubierto, de toda la vida. Si hay tantas carreras será que no lo ven tan difícil. Pero esto, además de un cotilleo estéril, es un asunto resuelto. Los primeros en invitar a la ciudadanía a decantarse por un Huerva descubierto han sido, consciente o inconscientemente, los responsables, políticos y técnicos, de la obra. ¿Cómo?…Pues sí. Y la prueba más palpable está en el bendito asunto de las vigas.
Veamos ¿Cómo sino se puede pensar, proyectar y decidir el quitar unas vigas en tan buen estado para poner otras que ya veremos? ¡Con el gran coste que eso supone! ¿Es que estaban tan mal? La verdad, no lo parece. ¿Es que se han hecho los pertinentes análisis, ensayos o estudios técnicos? ¿Sus resultados obligaban a ésto? ¿Es ésta la mejor solución? ¿No cabía p.e. intercalar vigas nuevas entre las existentes, lo que, aparte de más económico, habría permitido hacerlo como de tapadillo, sin mostrar el río? ¿Cabe tal ligereza en los responsables, técnicos y políticos, de la obra? No puede ser, no es posible.
La explicación tiene que ser diferente, el fin ha de ser otro. Conscientemente o no lo han querido así: Invitar a la ciudadanía a que, una vez visto tal hallazgo, no quiera renunciar a tener el río a la vista e incorporado a la ciudad. ¡Agradezcamoselo! Estemos y esperemos contentos, para que sí, se puedan hacer la foto! Con el Huerva descubierto.
También puede darse, efectivamente, que ahora venza (pero no convenza) la inercia, y la pesada maquinaria del absurdo, el no ha sido nadie y entre todos la mataron, se imponga una vez más. Pero también cabe aventurar, sin mucho riesgo de equivocarse, que más temprano que tarde, el Huerva acabará descubierto. Y entonces, incluso, la propuesta sea hecha directamente por los responsables, políticos y técnicos, ante la falta de respuesta, en un pasado (hoy presente), de una ciudadanía que no fue capaz de recoger su sutil invitación. ¿En verdad ha de ser necesario tener que esperar a otros tiempos?
¡Tiempos éstos en los que hay que luchar por lo evidente!”
Enero 2010